En el mes de la fertilidad, la coordinadora de un grupo de mamás con el que mantenemos una charla semanal me propuso escribir algo sobre mi historia, dado que el camino para llegar a tener la bebé no fue tan fácil.
Me pareció interesante dado que era poner en palabras el proceso, y además porque si del otro lado hay alguien que está leyendo y que ha pasado o está pasando por algo parecido, siempre puede ser un aliciente. Una esperanza al saber que aunque no todo sea como una lo planeó, muchas veces se logra finalmente cumplir ese sueño. Yo agradezco hoy poder tener a mi hermosa hija en brazos.
Así que aunque el texto fue pensado para compartir en otro ámbito, quiero dejarlo aquí también en un post. Alguna vez dije que en el blog iba a resumir un poco lo vivido estos años relativo a este tema. Aquí está:
Siempre supe que quería ser madre. Hubo un tiempo en que eso
lo veía para un futuro, primero estaba por ejemplo el recibirme de la facultad,
junto a otros proyectos. Con mi pareja nos conocimos cuando ambos estábamos
estrenando la treintena, y enseguida fue evidente el deseo de formar nuestra
familia. De hecho la propuesta del bebé vino a la par de la del casamiento: en
la zona de El Chaltén, frente a una maravillosa laguna y luego de una caminata
de varias horas por la montaña, me preguntó si me quería casar con él o si teníamos
antes un bebé. La respuesta fue que si a ambas cosas.
Ahí comenzamos nuestra búsqueda de ser padres, enero del
2015. Pero los meses fueron pasando y el bebé no llegaba. El ginecólogo al que
yo iba hacía muchos años le quitó importancia aunque por la edad y el tiempo
transcurrido debería habernos mandado a hacer algún estudio. Me recomendaron a
otro que era especialista en fertilidad, y allí si nos mandaron a estudiar
varias cosas. En un espermograma salió que solo el 1% de la muestra era morfológicamente
normal, que había poca cantidad de espermatozoides y encima con poca movilidad.
Todos valores malísimos. Allí nos derivaron al andrólogo, especialista en los
temas masculinos relacionados con la reproducción. Decidimos intentar mejorar
los valores con vitaminas y unos preparados especiales que el médico indicó.
El tiempo siguió pasando y las mejoras que conseguíamos eran
bastante escasas. En el horizonte estaba el intentar con un tratamiento de alta
complejidad, pero yo no me sentía lista para encarar un in vitro todavía.
Lo anímico iba variando. A veces me sentía muy triste porque
no se nos daba el embarazo, otras estaba esperanzada de que lo íbamos a lograr.
En el mientras tanto decidimos finalmente casarnos, y
también hicimos una serie de viajes lindos. Algo que aprendimos con todo esto
es que ayuda mucho el sacar el foco de lo que sentíamos que no teníamos, del
bebé que no llegaba, y concentrarnos en todo lo que si existía. El amor entre
nosotros, los amigos, la posibilidad de compartir viajes. La vida misma.
Entender que había mucho por lo que estar agradecidos.
En un momento cambiamos de andrólogo, y este descubrió una
varicocele. Era una punta a la que atacar, ya que eso era operable. Por lo
menos era un motivo concreto que explicaba los bajos valores. Y así fue como mi
marido se operó. Pero tampoco eso fue solución.
Promediando el 2019 decidimos finalmente consultar por el in
vitro. Fuimos a un centro de fertilidad que nos recomendó un compañero de
trabajo mío. Allí el proceso fue largo, pero por suerte siempre nos sentimos
contenidos. La médica y el equipo fueron muy humanos y nos acompañaron. En el
trabajo tuve que comentarle a mi jefe la situación, puesto que todo esto
implicaba muchas visitas al centro. Por suerte también tuve apoyo de su parte.
Tuvimos que actualizar estudios, gestionar autorizaciones en la obra social, y
finalmente estábamos preparados para incentivar los ovarios. Las inyecciones me
las aplicaba mi marido. Logramos sacar 19 ovocitos, 11 de ellos maduros. Los
fecundaron con una muestra que dejó mi esposo, y cada día nos informaban como
avanzaban. Solo 4 embriones lograron llegar a ser congelados.
Por mi edad, 39 años en ese momento, nos habían recomendado
realizarles un estudio genético. Esto fue lo único que abonamos, ya que la ley
de fertilidad vigente logró que todo lo demás estuviera cubierto. El resultado
nos lo dio la médica el día antes de navidad: 3 estaban óptimos, y 1 tenía
problemas. Tres chances, nuestro milagrito nos esperaba.
Hicimos la transferencia de un embrión en febrero del 2020.
Ni siquiera le comentamos a la familia que ese día era el procedimiento, no
queríamos que nadie nos preguntara ni generara ansiedades. Ese mismo día nos
dijeron que el embrión que estaban poniendo era de sexo femenino. Si todo
funcionaba allí estaba mi soñada niña. Un poco de ansiedad, pero también gran
alegría y expectativa.
A las dos semanas un análisis de sangre nos confirmaba la
feliz noticia: estaba embarazada. A cinco años de comenzar la búsqueda, allí
estaba creciendo la vida dentro mío.
Hicimos la ecografía donde escuchamos su corazoncito latir.
¡Cuánta emoción! Lo pudimos contar personalmente a los abuelos. Y luego llegó
la pandemia, lo que obligó a llevar el embarazo en bastante soledad. Por otro
lado tuvo lo positivo de que fuera bastante resguardado, sin moverme de casa
con una panza pesada a pesar de trabajar hasta el último momento.En octubre 2020 llegó finalmente al mundo la pequeña Emilia.
Una gran bendición, y el sentir que todo lo pasado había valido la pena. Dimos
comienzo a la aventura de la maternidad.
De todo esto mi recomendación para el entorno de una pareja
con infertilidad, es que es importante acompañar sin entrometerse. Es algo muy
personal, cada uno lo vive de manera diferente. Ser empático, no juzgar, no
minimizar el dolor.
Y para aquellas a las que les tocó transitar este camino, no
bajar los brazos, pero al mismo tiempo permitirse disfrutar la vida como es. En
una está en gran parte el elegir como lo transita. El dolor es real, pero el
sufrir es opcional. Si tiene que llegar lo hará en el momento adecuado, pero no
hay que dejar que se pase el tiempo sin vivir realmente.