El domingo fue un día
genial en muchos aspectos. El primero de ellos fue sin duda haber hecho frente
a algo que hace mucho tenía pendiente, que era a su vez un miedo que tenía, y
fue el sentarme por primera vez atrás del volante de un automóvil.
Ya hace rato que yo me
decía que tenía que hacerlo. De hecho, no tienen más que leer este post que
escribí en noviembre del año pasado, en donde les contaba que este era un
objetivo que me ponía para este año (¡y al parecer lo llegaré a cumplir! O por
lo menos a empezar, lo que ya es un avance), y ahí se darán cuenta que hace
rato está este asunto en mi mente, aunque nunca terminaba de animarme a
enfrentarlo.

Será tal vez que ahora
tengo otra motivación. Una personita que me quiere y que está dispuesta a
enseñarme y tenerme paciencia en ese aspecto. Mi idea siempre fui ir a aprender
a manejar con una agencia especializada en esto (y de hecho esto es lo que voy
a hacer, tengo que ponerme en campaña para averiguar bien en donde). Sin
embargo mi chico me venía diciendo que él me podía dar unas lecciones previas,
como para que yo fuera a la agencia ya con algún tipo de conocimiento. Las
últimas veces ya le fui diciendo que le aceptaba la oferta, que me iba a
animar. Y el domingo el día estaba hermoso, con un sol cálido y el cielo azul
(la tormenta del día anterior se borró como arte de magia), y luego de
levantarnos me propuso: “¿vamos al autódromo y te llevo a manejar?”. Y ahí
pánico en mi rostro, pero por otro lado era el momento de hacerlo, de enfrentar
ese miedo:
Bueno, vamos.
¿Estas segura?
No, pero vamos igual.
En algún momento hay que hacerlo.
Y ahí nos fuimos hasta
el autódromo, en la otra punta de la ciudad. Llegamos a la pista, y empezó a
hacerme los primeros comentarios, que para una ignorante como yo tenían que
empezar muy de cero: este es el volante, este el embriague, este el freno, etc.
Yo tratando de tomar nota mental, con el corazón francamente acelerado.
¿Te animas a sentarte
entonces en el volante?
Y bueno, hagamoslo.
¿Estas nerviosa?
Terriblemente.
Pero fue paciente, y
empezamos con los ejercicios. Al principio en una línea recta junto al cordón,
tratando de mover el auto. Todos mis sentidos puestos en seguir los pasos.
Verificar que esté en punto muerto. Prender el auto. Apretar un poquito el
freno, apretar el embriague hasta el fondo, poner el cambio en primera, ir
sacando el pie del embrague despacito. Ver que el auto empieza a moverse.
Pararlo usando embriague y freno al mismo tiempo.
Luego de un rato de
practicar esto empezar a seguir el circuito. Para la primera clase uno muy sencillito,
dando algunas vueltas pero sin prácticamente nadie que se cruce. Ideal para ir
sintiéndome segura. Ver como el volante reaccionaba, animarme a pasar a
segunda, y hasta a tercera. Apretar un poquito el acelerador. Ver que alguna
vez se me paraba el auto, pero la mayor parte de las veces no. Ir animándome,
tener una sonrisa en el rostro mientras lo hacía. Me sentí genial. Fue el
primer paso, uno que hace rato temía. Y no fue tan grave. Y me divertí. Y él
estuvo a mi lado todo el tiempo, dándome indicaciones, diciéndome que lo había
sorprendido, que para ser una primer clase había sido muy buena. Que me había
notado segura, que había tenido confianza en mí, que lo había hecho bien. Y
como yo le decía, solo él puede estar logrando estas cosas. Porque creo que
sino me hubiera quedado por mucho tiempo en ese “debería aprender”, que hoy es
un “di un primer paso, voy a seguir”. Y todo esto vale mucho.
La anécdota graciosa
fue cuando en una vuelta me indica que cambie de carril porque había unos autos
más adelante que ocupaban el que yo estaba usando, y mi comentario fue “esquivo
a esos pescados”. Y sonó tan natural y tan gracioso porque no hacía ni media
hora que yo estaba atrás del volante, que empecé a reírme y él conmigo,
mientras me decía “he creado un monstruo”.
Salí de ahí con una
sensación genial, cuasi que liberadora. Fuimos a almorzar algo a un Mc Donalds
porque estaba famélica (tal vez porque ya eran las tres de la tarde, tal vez
por los nervios de toda esta experiencia que se manifestaban en forma de un
hambre atroz).
A la tarde me ayudó a
poner una lámpara en el dormitorio (hace casi dos años que estaba la bonita
colgando). Fue divertido hacer eso juntos.
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Aunque no tenga nada que ver con el post, aca va otra
imagen del domingo. Ciro en la silla, junto a lunares que quedaron de la
muestra de Yayoi Kusama. Me encanta la cara que pone el gato.
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Y de ahí nos fuimos a su
casa a buscar algunas cosas para tener para el día siguiente. Y al mismo tiempo
desembarcó su guitarra en casa. Y unas remeras para tener. Y un par de cositas más,
que ya están acompañando al cepillo de dientes. Y yo feliz con todo esto,
dejando fluir los acontecimientos.
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Otra foto del domingo. Así encontramos al gato cuando
llegamos a casa. Cara de relajo total, durmiendo comodísimo sobre los dos
almohadones. ¡Hermoso! Al costado nótese la guitarra recién llegada :-)
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